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Y, ¿si lo que no nos mata, no nos hace más fuertes?

girl smoking

Últimamente he estado pensando mucho en esto, y la razón es que por primera vez en años, volví a reflexionar sobre lo difícil que fue el colegio para mi. No académicamente, sino socialmente. La mayoría de la gente dice que que el colegio fue la mejor época de su vida, pero a mi me preguntan por el colegio y yo digo, que horror.

A pesar de que hubo momentos buenos, en general el colegio fue un suplicio constante desde el principio para mi. Muy chiquita, entré a un colegio de solo niñas. Nadie se metía conmigo jamás. A veces llegaba por la mañana y le decía a alguna niña que si podía estar con ella en el recreo. Por lo general me decían que no, lo cual era terrible, no por que yo me muriese de ganas de estar con ella, de hecho me gustaba estar sola, sino porque tenía que huirle a la profesora de religión que insistía en sentarse al lado mio a verme comer mis onces cada vez que me veía sin “amigas”. Insistía en hacerme preguntas y yo sufría, rogándole en silencio que se fuera y me dejara tranquila, por que no había peor humillación que ser tan “rechazada” que hasta las profesoras te tenían lástima. Esto me llevaba a crear elaborados planes durante la noche, como llevar en mi lonchera dos yogurts en vez de uno e intentar sobornar a algún grupito con éste para que me dejaran estar cerca a ellas durante los recreos. Yo no quería hablar, ni siquiera que me incluyeran, solo que se me viera en compañía para que las profesoras no se me acercaran a preguntarme por qué no estaba con mis amiguitas. Otra opción era salir corriendo apenas sonaba la campana y esconderme en alguna parte. La biblioteca se volvió mi santuario durante algunas gloriosas semanas, pero pronto las bibliotecarias empezaron a sacarme y a decirme que fuera a “jugar”, que no se podía estar en la biblioteca en los recreos. Recurría entonces a los  baños. Pero me aburría. Así que debía hacer de tripas corazón e irme al odiado parque donde las otras niñas no me dejaban jugar con ellas, o se burlaban de mi cuando jugaba sola. Día tras día, año tras año era igual.

Cuando llegué a la primaria las reglas de la biblioteca se relajaron un poco y pude volver. A veces, sin embargo, me picaban las ganas de tener amigas. Una vez le dije a una profesora en la que, muy tontamente, confiaba, y la reacción de ella fue decirles a dos niñas que, o se metían con migo en el recreo o les ponía detención. Yo, por supuesto, no sabía esto, y cuando Laura y Catalina me invitaron a estar con ellas en el recreo, casi me morí de la emoción. Me acuerdo que fuimos a los árboles y a los columpios, y me acuerdo de haber estado relajada y feliz. Cuando al día siguiente llegué radiante a preguntarles qué íbamos a hacer ese día, me informaron que ya habían estado con migo un día por que las habían obligado. A mi nunca me han pegado un puño en el estómago, pero me imagino que se debe sentir algo parecido.

Ese día me di por vencida, y decidí no volver a acercarme a NADIE a menos que tuviera la certeza ABSOLUTA que querían estar con migo.

Toda mi escolaridad fue una serie de eventos parecidos a este, y durante muchos años me repetí a mi misma aquella frase mágica lo que no te mata, te hace más fuerte. Supongo que necesitaba creer que el rechazo constante eventualmente sería bueno para mi.

Creo que estaba equivocada. Creo que todos esos años de sentirme agradecida y avergonzada cuando alguien se dignaba a dejarme estar en su compañía sólo me han hecho una persona más triste. Menos fuerte. Lo que no te mata no solo no te hace más fuerte, sino que se lleva consigo un pedazo de tu ser que luego toma años y años volver a construir. Puede ser que el nuevo pedazo sea una versión mejorada del anterior, pero si te haces más fuerte es porque tu fuiste capaz de volver a construirte a pesar del sufrimiento.

Puede que a mi nunca me hayan roto un brazo a golpes, pero me han roto la dignidad y el autoestima muchas veces, sin nunca darme tiempo para curarme, sin ponerme un yeso en el alma.

No creo que ser rechazada desde el preescolar hasta décimo (cuando por fin tomé la decisión de validar el bachillerato y no volver a la cámara de tortura que era el colegio) me haya hecho más fuerte, pero tal vez si me hizo la persona que soy hoy en día. ¿Eso será bueno, o malo? No se. El tiempo dirá, supongo.

 

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