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Timbuktu – Reseña

timbuktu

No es común ver una película que mezcle de una manera tan magistral la belleza inalterable de un lugar con el nacimiento de un régimen totalitario en un pueblo. Como muchos de ustedes ya deben haberlo supuesto, yo soy colombiana. Colombia es un país hermoso, con costas en dos mares, selvas, nevados, desiertos y grandes ciudades. Pero muy pocas veces , por no decir ninguna, una película ha logrado un balance entre el horror de la guerra y los paradisíacos lugares donde esta sucede. Esto es lo que logra magistralmente Abderrahmane Sissako el director de Timbuktu.

La película abre con una escena que hizo que se me tensara cada músculo del cuerpo: una gacela corriendo por un desierto aparentemente interminable, sin lugar donde esconderse con unos hombres armados persiguiéndola en un jeep intentando cansarla. Inmediatamente pensé que el director iba a mostrarnos una escena de carnicería, pero Timbuktu no es esa clase de película. Es mucho más sutil. Sissako no busca aterrar al espectador con imágenes violentas, y no busca tampoco crear villanos y héroes en blanco y negro. Lo más aterrador de esta película es la manera como los yihadistas que llegan al pueblo comienzan poco a poco a imponer su autoridad. Empiezan con cosas pequeñas como obligar a un hombre a subirse los pantalones. Enfrentan a una mujer que vende pescado para que use guantes. Ella no les teme. Los enfrenta. ¿Cómo voy a vender pescado con guantes puestos? Que ridiculez. Vamos a tener que arrestarla, dicen los hombres quienes, por supuesto, van armados. Luego vemos como entran a una mezquita, y aquí la película hace un punto de distinguir entre religión y fanatismo, enseñanza y hambre de poder. La religión es un puente, una excusa perfecta para justificar la violencia y la ambición de unos cuantos. La gente del pueblo parece fastidiada con los yihadistas, pero no furiosa o indignada. Las diversas prohibiciones no se hacen esperar. Se prohíbe la música. Se prohíbe jugar fútbol. Una joven de no más de 17 años es arrestada en la calle por el mero hecho de estar sola. Enfrentar a un hombre armado en esta situación es exponerse a la muerte, así que no vemos que el pueblo se una para sacarlos ni nada por el estilo. La resistencia es de gente valiente intentando seguir con sus vidas en medio de una situación absurda. Una escena, en particular se quedó clavada en mi memoria: Un grupo de muchachos jugando fútbol sin balón. Hacen la mímica de un penalti, el pateador levanta el balón imaginario y lo besa antes de patearlo con todas sus fuerzas. Mientras tanto los yihadistas pasan en moto y miran. No se van. Pero no pueden hacer nada. No están jugando fútbol, no en realidad. En otra escena una mujer es castigada con 40 latigazos por cantar. Ella llora mientras la golpean y en el décimo latigazo su voz sale quebrada pero fuerte. ¿Es su manera de lidiar con el dolor, o es una protesta? Probablemente las dos.

Mientras todo esto sucede en el pueblo vemos la historia de Kadime, un ganadero nómada del desierto que vive apaciblemente con su esposa Satima y su hija Toya. Hablando de su padre Toya dice: Mi padre es alto y fuerte, pero no es un guerrero. A él le gusta cantar. Los guerreros mueren jóvenes.  Kadime tiene que irse de viaje de vez en cuando y cada vez que lo hace Satima recibe una visita del jefe de los yihadistas. Este personaje fue una sorpresa para mi. Es un hombre gentil, amable. Sissako no tiene miedo de mostrar a los yihadistas en toda su humanidad, a pesar de que la película condena sus acciones. Cuando un pescador local mata a GPS, su vaca favorita, Kadime empaca una pistola y se va a enfrentarlo. En una escena larga y magistralmente filmada las cosas se salen de control y la nueva autoridad arresta a Kadime. La impotencia de hacer algo para cambiar el destino de un hombre bueno que comete un error duele.

La película termina con la misma escena de la gacela corriendo del principio, esta vez intercalada con imágenes de Toya corriendo sin ir a ninguna parte. Todos los personajes en Timbuktu tienen que escoger, como la gacela, entre quedarse quietos y morir, o seguir corriendo hasta escapar o morir de cansancio. La película, creo yo, nos muestra que lo más importante no es si morimos o no, sino como morimos. Con nuestra cabeza en alto. En protesta por un destino injusto. Mirando a nuestro ejecutor a los ojos. Aún ante las fauces de lo inevitable podemos elegir como comportarnos. Eso es algo que ningún arma nos puede quitar.

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